Carnaval de La Habana: Orishas, tradición y cerveza

Imagine que ya estamos a finales de julio. Si está en La Habana, si está en el municipio Cerro cualquier día puede pasar por una calle señalada y tropezarse con una escena curiosa:

Veinte parejas de blanco y azul bailan al ritmo de tambores. Unas cuantas figuras, vestidas como los orishas de la santería cubana, las acompañan. Los nueve faroleros de la comparsa, porque se trata de una comparsa de carnaval, giran desaforadamente por la vía. Mientras tanto un chorro de cerveza inunda a unos y a otros.

El carnaval es la fiesta más importante de Cuba. Los que participan en ella se preparan durante todo el año. Sin embargo, el día señalado el baño de cerveza da el visto bueno para la celebración. Es el sacrificio que exigen los dioses negros para desatar la alegría.

En Cuba la cerveza es locura como el dominó, la carne de cerdo y el béisbol. Con la cerveza se ahogan las penas y se brinda por la felicidad. Los cubanos son, junto a los alemanes, el pueblo que más cerveza consume en el mundo. Quizás por el calor, quizás por el ansia tremenda de compartir la alegría.

La ceremonia de iniciación que acabamos de describir, llamada “el bautizo de las farolas”, pertenece a la comparsa El Alacrán. Centenaria, vibrante, especial, en ella se acumulan todos los vértices de la cultura en la Mayor de las Antillas.

Se efectúa cada año en la barriada de el Cerro, donde mismo se encuentra el estadio Latinoamericano, sede de Industriales, el equipo más conocido de Cuba. Dos pasiones juntas.

El soplo de cerveza sobre Obatalá da poder a la comparsa, sobre Elegguá abre los caminos, Ochún otorga belleza a las mujeres, Changó brinda potencia a los tamboreros y Oggún toda la fuerza de sus hierros.

Cada uno de los orishas está representado en los colores de las farolas: Oggún (verde y negro), Elegguá (casita roja y negra con forma de bohío), Obatalá (blanco), Oyá (todos los colores menos negro), Ochosi (azul prusia y amarillo), Shangó (rojo y blanco), (Oshún (amarillo oro), Inle (naranja, verde y azul), Orula (verde y amarillo) y Yemayá (azul y blanco).

Cada uno de estos dioses negros cuenta una historia peculiar y da al carnaval su toque distintivo. Los cubanos prefieren estar en buenas con todos porque su ira puede acarrear incontables males del cuerpo. Y dejarlos de lado durante el carnaval puede ser la mayor de las ofensas.

Tan larga es la mano de los orishas que el director de El Alacrán, Santos Eduardo Ramírez García, heredó su rango desde los bisabuelos. Aunque la comparsa se fundó en 1908 en el barrio de Jesús María, no fue hasta que Santos Euligio Ramí­rez Arango asumió su dirección que llegó a convertirse en lo que es hoy.

Su nombre surgió a partir de una historia ocurrida en el Ingenio “La Demajagua” en 1844. Un alacrán picó a una esclava de la dotación. Y la anécdota de la esclava que se queja, la atención a la herida y la consecuente muere del alacrán constituyen el centro de la música y los bailes.

En el principio El Alacrán se creó a partir de Ecori Efo Taiba, un grupo abakuá cuyo nombre significaba “Segundos Hermanos Blancos”. Durantes las festividades los abakúas blancos se pintaban para parecer negros y se disfrazaban para representar los papeles femeninos.

Se dice que el único negro de la comparsa era Jerónimo Ramírez Faure, conocido como Nito, quien representaba el papel de Torcuatro, el contra mayoral. Por eso tiempo la comparsa estaba dedicada a Yemayá, patrona de Regla y orisha del mar.

Más o menos a mitad de la segunda década del siglo XX (1913-1917) una pelea entre El Alacrán y El Gavilán, otra comparsa, derivó en el secuestro del emblema de la primera y luego el traslado hacia el barrio El Torreón. Así desapareció la primera comparsa El Alacrán.

En 1937 Santos Euligio Ramírez Arango, hijo de Jerónimo, visita a los sobrevivientes de El Gavilán y les solicita la devolución del símbolo de El Alacrán. Su petición fue satisfecha, pero a condición de que la comparsa no desfilara más por Jesús María.

Ramírez Arango, apodado “el Niño”, formó el nuevo Alacrán en la barriada de El Cerro. Durante 48 años, hasta su fallecimiento en 1975, el Niño convirtió a su comparsa en el suceso cultural más llamativo de los carnavales habaneros. A su muerte asumió la dirección Santos José Ramírez Ugarte, su hijo.

Un cuarto de siglo estuvo Santos José al cuidado de la comparsa que fundaron sus mayores. Después de él hubo un impasse, en el cual Regla María Fuentes, una figura relativamente ajena a la línea principal que se había seguido, ocupó el liderazgo de El Alacrán. Sin embargo la tradición retomó su curso poco tiempo después al asumir Santos Eduardo Ramírez García, biznieto de Jerónimo.

Así son las cosas en Cuba, un país que mantiene tradiciones de hace siglos. Sucede en las artes culinarias, el baile, la música, el espectáculo y sobre todo en los carnavales.

En un inicio El Alacrán no poseía las actuales tumbadoras debido a una prohibición expresa de la alcaldía de La Habana. El ritmo se construía a partir de instrumentos de viento, como el clarinete, y el timbal en la percusión.

La comparsa que desfilará este año debe tener más de 200 personas entre bailadores, faroleros, figurantes, músicos. La mayor parte de ellos estarán vestidos de azul en honor a Yemayá que es también el color insignia del equipo Industriales.

El Cerro también acoge otra de las comparsas más famosas de La Habana: Los Marqueses de Atarés. El nombre proviene de la famosa fortaleza que se asienta en ese territorio, un lugar que a principios del siglo XX servía de asentamiento a muchas familias de la nobleza cubana.

La comparsa surgió en 1935, dirigida por Vícto Herrera Rodríguez. Al contrario de otras agrupaciones similares, los Marqueses de Atarés tiene como música acompañante la contradanza y el minué, característicos de la alta aristocracia durante la colonia.

El carnaval de la capital de Cuba congrega a muchas comparsas llamativas: La Jardinera, Guaracheros de Regla la Giraldilla de La Habana. Cada una de ellas, y las dos de las que hemos hablado con anterioridad, tienen una comparsita integrada por niños que, al crecer, se unen a los mayores.

Los carnavales cubanos son fiestas para bailar, comer pan con lechón y disfrutar de la cerveza. No faltarán amigos, ni mujeres bonitas. Cada uno de los participantes tiene para sí una ciudad junto al mar donde la alegría y la tradición están por todas partes.