Bienal de La Habana

Recientemente, en el 2009, la Bienal de La Habana cumplió el cuarto de siglo. Fundada en 1984 se ha convertido poco a poco en una hermosa ocasión para reunirse en años impares. Va por la Décima edición y parece que nunca transcurre el plazo para disfrutar de ella.

Entre los meses de febrero y marzo transcurre la Bienal de La Habana, organizada por el Centro Cultural Wilfredo Lam. El evento rinde homenaje al propio Lam, ese gigante de la plástica cubana, amigo de Picasso y Bretón. Como promedio asisten al encuentro entre 200 y 300 artistas de más de cuarenta países.

En ella se presentan proyectos artísticos de diversa índole, colectivos e individuales. También se exhiben las obras de los invitados. Desde 1989 el evento cuenta con un coloquio teórico al que han asistido investigadores tan destacados como: Juan Acha, Adolfo Sánchez Vázquez,

José Luis Brea, Lowery Sims, Ticio Escobar, Shifra Goldman y Geeta Kapur, entre otros.

Dinámicas de la cultura urbana, el individuo y su memoria, el arte con la vida, la comunicación humana ante las nuevas tecnologías, tradición y contemporaneidad, son algunos de los temas que se han discutido en la Bienal.

Un equipo de curadores se encarga de seleccionar las obras que participarán en la muestra. De manera colateral transcurre un programa de exhibiciones auspiciadas por el Museo de Arte Cubano. Además, se incluyen intervenciones comunitarias, perfomances, proyecciones de video.

Los invitados a la Bienal de La Habana también se vinculan al intenso calendario de espectáculos musicales, teatrales, danzarios, bailables. Al convocar a los mejores exponentes de la cultura cubana la Bienal asegura que los participantes conozcan más y mejor la historia del país.

La Habana se convierte en una ciudad mágica. En la pasada edición unas inmensas cucarachas cerraban el paso en la avenida que va desde el Museo de Arte Universal hasta el Parque Central. Dos o tres hombres sobre zancos cruzaban por tu lado a una velocidad de vértigo.

Como parte de una intervención las personas tuvieron la oportunidad de subirse a una tribuna donde dos militares te colocaban una paloma en el hombro y podías decir lo que te viniera en ganas. Algunos lloraron de emoción.